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jueves, 29 de noviembre de 2007

Compasión...

Creo que fue el teatro el que me enseñó a ponerme en el lugar del otro. Podría haber sido mi madre o mi padre pero recuerdo la enseñanza más viva procediendo del teatro. Teníamos 14 años y estábamos en el taller de teatro del colegio Humboldt dirigido por Isabel Jimenez de Cisneros. Hablo en plural porque ahí estábamos varios que hoy nos dedicamos al arte: Kareen Spano, Rafael Freyre, Cesar Ritter, Fiorella de Ferrari, Lucía de María y yo. Estábamos ensayando la obra "Ardel o la margarita" de Jean Anouhil. Isabel, me había dado a mí el personaje de la mujer enferma que, loca de amor, salía desde su cuarto a gritar el nombre de su marido León, porque sabía que él estaba con otra.

Teníamos dos horas de ensayos casi todos los días y cuando se acercaba el estreno se incluían los Sábados. Un entrenamiento bastante disciplinado para adolescentes. Pero ahí, eramos felices.

Ensayo tras ensayo, yo salía de la puerta de "mi habitación" gritando como una loca "Leoooonnnn", "Leooooooonnn" e inmediatamente, la casa se alborotaba y venían todos los demás personajes a calmar a "la loca".

Venía "León", claro está, cuya amante era interpretada por mi gran amiga Kareen Spano. En el momento en que León me cogía del brazo, yo lo increpaba, diciéndole que "los había visto, los había sentido", "hace diez años que acecho", decía, "hace diez años que veo todo desde mi cama"... "Aun cuando duermo y tú te levantas y tomas a esa muchacha, yo me levanto". Esos eran los textos.

Una tarde de ensayo. Terminé de decir todo esto y me metí entre cajas. Ahí estaba la amante de León, mi amiga Kareen sentada en una silla, mirándome. La miré y me quebré. Empecé a llorar sin poder controlarme mientras ella se me acercaba preocupada preguntándome qué me pasaba. Yo no podía articular palabra, lo único que decía era: "Pobrecita...Pobrecita..." Y lloraba. Nos abrazamos. Había entendido, dentro de lo que se puede entender a los 14 años, el dolor de esa mujer encerrada en su cuarto, volviéndose loca, celando día y noche, escuchando, acechando. Había comprendido su amor por este hombre y en dese momento sentí una profunda compasión. Ternura, amor, compasión. Desde Jimena, sentí que había comprendido a un "otro". Sin juzgarlo, lo había comprendido y lloraba de pena y de amor.

3 comentarios:

carmendelly dijo...

edgar saba nos dio una clase sobre compasion en la universidad catolica pra mi curso de practicas creativas para la comunicacion.. y demoestro con todo lo dicho que tener compasion del otro hace a una persona mucho mas sabia.. de lo que se puede imaginar.. por otro lado.. el artista desarrolla mas este lado compasivo..

K. dijo...

Me mataste. me había olvidado de eso.
Un super abrazo.

Diego B dijo...

Esta es una pequeña y tierna historia que merece ser contada. Me parece que, en serio, muchas veces uno se puede conectar mucho con alguien, sin conocerlo siquiera, es algo que uno siente desde adentro y piensas: yo sé como eres, sé como te sientes (o al menos intentas con todas tus fuerzas ponerse en sus zapatos). Éxitos Jime, sigue así.